La crisis mundial comenzó siendo económica y, en consecuencia, como no podía ser de otra manera, abrió prácticamente de manera inmediata las puertas de la tragedia social. De la mano de la inconstancia y la propensión a cierta conducta errática de parte de los jefes de Estado de los países centrales y los organismos internacionales, con el Fondo Monetario Internacional a la cabeza, el escenario se agravó hasta transformarse en un tremedal político de dimensiones planetarias. En los últimos meses esto se ha tornado evidente. La crisis se agrava de manera cotidiana. Los gestos y las actitudes políticas resultan ser tan fundamentales como las medidas concretas y el despliegue de unas políticas en lugar de otras. La forma en que están intentando manejar la situación los principales líderes del mundo deja dudas respecto de que efectivamente estén a la altura de las circunstancias. En consecuencia, es de prever que la crisis continúe su inercia de estancamiento y negatividad o, lisa y llanamente, su profundización.
La crisis ya está consolidada como parte de la cotidianeidad del sistema mundial. Tanto es así que, pese a la recurrencia de sus caídas, los mercados financieros y los datos económicos, con sus índices en baja, ya dejaron de ser motivo destacado en los medios de comunicación. Hasta hace unos meses, los canales de televisión de todo el mundo, exentos de toda creatividad, no se apartaban de la liturgia y, sin solución de continuidad, persistían en adjetivar de “negro” al día de la semana en que las bolsas de aquí y allá se desplomaban sin límite aparente. Hoy ya no ocurre, no es noticia; porque la crisis no lo es, ya no tiene nada de extraordinario. Y esto es una muestra de la gravedad de la situación por sus consecuencias económicas venideras.
Se podrá discutir si la caída de la economía mundial en 2011 es novedosa o, más bien, una recidiva de la de 2009; pero ello no implicaría ningún avance. Por el contrario, se me hace que mucho más productivo es asumir la falla política que está alimentando la negatividad de la coyuntura.
El politólogo italiano Sergio Fabbrini analiza en su libro El ascenso del príncipe democrático las modalidades de los gobiernos democráticos. Escrito unos pocos años atrás, algunos párrafos contienen reminiscencias de otro momento histórico, como las expectativas positivas que había despertado la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos, las que luego se opacaron con la praxis política de los demócratas en la Casa Blanca. Lo rescatable de su análisis es que sea en los regímenes presidencialistas o en los parlamentaristas permanece sin variaciones la centralidad política de las cuestiones del liderazgo. En concreto, destaca que a la hora de definir de qué se habla cuando se habla de un líder, de un político, de un presidente, lo fundamental es tener en cuenta que estos tienen el principalísimo y casi exclusivo resorte de la decisión, y que para protagonizar tal función producen permanentemente símbolos que hacen circular a escala masiva.
En parte, la crisis tiene una dimensión simbólica. Los mensajes que a lo largo del año han emitido (y continúan emitiendo) quienes debían ser los líderes de la recuperación mundial se caracterizaron por ser realmente erráticos. Han sido tan fallidos los mensajes, que abandonaron la esfera de lo ideológico y la representación, para convertirse en parte de la negativa y concreta realidad social y económica del mundo. Esto genera desconfianza, temor, y previsiones de empeoramiento a escala planetaria, de modo que posibilitan la profecía autocumplida de la retracción y la destrucción de riqueza y empleo.
Europa no logra lidiar con la crisis de Grecia ni con la de Italia. Cayeron sus respectivos gobiernos, pero las perspectivas no son esperanzadoras, y nunca lo son cuando la discusión sobre las medidas a aplicar se corresponden siempre con alternativas de ajustes. La compleja situación de España no cede. La ansiedad continúa posándose sobre Alemania, fundamentalmente, pero también sobre Francia, en busca de determinaciones tranquilizadoras que no llegan.
Mientras tanto, Estados Unidos confirma que es parte del problema y no de la solución, con sus intentos –no exentos de cierto cinismo– de ubicarse por fuera de las responsabilidades de la crisis. El presidente Barack Obama dictaminó que uno de los grandes problemas de la crisis es la falta de voluntad política de la Unión Europea para solucionarla. Con un tono más propio de un comentarista dominical que del jefe de la Casa Blanca, supeditó la salida de la crisis a la posibilidad de poner en marcha un plan que envíe a los mercados la señal de que Europa está detrás del euro, respaldándolo. Ciertamente, la crisis es en parte un problema político, pero a esta altura lo que resulta innegable es que Estados Unidos es parte de él. De hecho, este país ve nacer y crecer actualmente a sus propios indignados. Occupy Wall Street puede ser un emergente efímero, sobre todo por la heterogeneidad de su composición y la consiguiente ausencia de cohesión política; sin embargo, esto no disminuye nada su condición de síntoma.
La dialéctica de la injusticia y la negación también está presente en la situación del mundo árabe en general, y en Palestina, en particular, que sufrió en forma directa una de las excepciones a la exportación urbi et orbi de la receta democrática con la que suele hacer gala Washington. A cambio de su legítima demanda e insistencia de reconocimiento internacional, la Casa Blanca respondió sancionando económicamente a la Unesco, que fue el organismo multilateral que reconoció el derecho palestino a formar parte de ella. Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, transitó en un año un sinuoso (por no decir contradictorio) recorrido, que lo llevó desde elogiar la Primavera Árabe a protagonizar luego una actitud de doble estándar de apoyo político y militar a las fuerzas que derrocaron a Khadafy en Libia, pero no así a Al Assad en Siria. Sin embargo, en ambos se constatan similares delitos contra los derechos humanos y actitudes criminales contra la población civil. Negarle el reconocimiento de Estado a Palestina significa negarlo a toda una nación, a un pueblo, y con ello se está impugnando uno de los fundamentos del sistema democrático y el Estado de Derecho que desde siempre Washington intenta exportar a Oriente.
ANÍBAL Y. JOZAMI |